Diario Zombi

- El nuevo diario zombi -

martes, 5 de abril de 2011

Capítulo 7- Enfrentándome a mis miedos (Miguel)

Día 22 (madrugada): Son las 2.30 de la madrugada y acabo de regresar de la calle.
Todo empezó esta tarde mientras jugaba a la consola, una idea rondaba mi cabeza y me iba consumiendo por dentro, "tienes que salir de casa, tienes que salir de casa" me repetía una y otra vez. Supongo que mi subconsciente caló lo que me dijiste. Tras una hora jugando, más o menos, decidí coger un papel y un boli y apuntar los pros y los contras de salir de casa:


Sabía que tenía que enfrentarme a mis miedos, pues sin duda era inevitable encontrarme con esos monstruos tarde o temprano, al fin y al cabo, ¿quién me dice que en mi edificio no hayan de ellos o que algún día sean capaces de entrar y me quede atrapado dentro? (tiemblo al pensarlo), por otro lado, sigo teniendo la esperanza de encontrar con vida a mis seres queridos, pero el riesgo de morir devorado me aterra. Otro problema es, que tarde o temprano se me acabarán los alimentos y medicamentos, por lo que realmente mis opciones serán morir por desnutrición o por alguna enfermedad, o bueno, si lo que nos acecha ahí fuera realmente son zombis y consiguen alcanzarme, mi otra opción será vivir eternamente convertido en uno de ellos. Si lo pienso hay tantos pros como contras, pero el verdadero motivo por el que me decidí a salir de casa, fue sencillamente, sentirme libre. Creo que ese es uno de los sentimientos más importantes y profundos del ser humano, la libertad. 

Serían poco más de las 6 de la tarde cuando me decidí a salir, iba únicamente armado con un cuchillo de cocina, una linterna, mis vaqueros y mucho miedo.  Antes de abrir la puerta miré por la mirilla... no había nadie. Como vivo en un décimo, quise coger el ascensor, pero una idea atravesó mi mente; "Si hay un corte eléctrico, te quedarás atrapado en el ascensor para siempre", así que pronto descarté la idea y me asomé por la escalerá para observar que 10 plantas más abajo no hubiese nadie. No me atreví a encender la luz de la escalera... igualmente con la luz del sol entrando por los patios de luces, aunque tenue, era suficiente. Poco a poco y sigilosamente, empecé a descender por las plantas, ni de casa de la ruidosa familia Castro del noveno, ni de sus ancianos vecinos, se percibía sonido alguno. En la octava planta más de lo mismo, así hasta llegar a la quinta planta donde me pareció escuchar un ligero gemido... 

Los tranquilizantes que me he tomado están haciendo efecto y no puedo seguir escribiendo, en cuanto me sienta con fuerzas para seguir escribiendo, te seguiré contando. Buenas noches.

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