Diario Zombi

- El nuevo diario zombi -

miércoles, 24 de agosto de 2011

Capítulo 41 - Gran Casa (Miguel)

Día 164 (madrugada): Lo reconozco, el comer todo el día alimentos deshidratados, viajar sin saber dónde ir y el profundo sentimiento de miedo y soledad, pese a Gara, me hicieron cometer una de las mayores estupideces de mi vida. Es curioso, nos han hecho creer que cuando haces las cosas bien, el karma se porta y te recompensa (como en la serie televisiva "Me llamo Earl") y cuando las haces mal, te castiga... ¡Y una mierda! Antes de que sucediera todo esto, yo no era precisamente un príncipe azul con las mujeres, y pese a todo, el karma me recompensó con Sofía, una chica guapa, lista y con esa pose que sólo la gente con elegancia natural tiene, los hijos de puta que llevaron el país a la crisis (políticos, banqueros, pícaros, etc.) nunca pagaron por ello (bueno, igual ahora son zombis) y por el contrario, me esforcé en los estudios, cursando mi carrera, másteres, cursos, etc. y sólo conseguí mierdas de trabajos y estar en el paro, hasta que al final decidí hacerme autónomo (con todas sus dificultades) y montármelo por mi cuenta, a mi buena ventura y suerte, y más en un país donde no se apoya a las pequeñas empresas. En fin, pues nuevamente lo corroboro, eso del karma es un invento para controlar a las masas... como la religión. A veces cuando haces las cosas mal, el destino también te recompensa.

Como decía antes, la sensación de soledad, terror y la porquería de comida (y me burlaba del McDonalds), me hicieron llegar a un punto en el que esperaba tener una vida corta y poco dolorosa, porque si ésto es lo que tenía que vivir, prefiería morir, así que con ese pensamiento decidí dirigirme a Zaragoza, concretamente al punto seguro. Con un cuarto de depósito en el coche, pues úlimamente en las gasolineras apenas quedaban litros en los surtidures (¿quién coño se la lleva? ¡Si sólo hay muertos vivientes!) y con mi compañera Gara haciendo de copiloto (me encanta ver sus barbas de Schnauzer flotando en el aire), me dirigí a las instalaciones de la Expo (punto seguro). Zaragoza es una ciudad que con los años ha cambiado mucho, sé que más de uno pensará que como todas, pero no, Zaragoza en concreto ha pasado de ser una plaza de España con cuatro calles y una iglesia, a ser un gigante que la sitúa en la quinta ciudad más grande del país, con sus ventajas e inconvenientes. Sus ventajas son los accesos, como los cinturones que hicieron hace ya unos 15 años (con una tala indiscriminada de árboles en los "Pinares de Venecia", he de añadir) y sus inconvenientes, a más tamaño, más zombis. Por suerte, para llegar a las instalaciones de la Expo desde la carretera de Huesca, se accede por calles muy anchas y sin tener que recorrer grandes distancias (en coche claro).
Cuando estaba apunto de llegar a Zaragoza, un escalofrío recorrió mi cuerpo, pensaba; - Joder, me fui de aquí por algo, ¿por qué vuelvo?... por no hablar de ese puto zombi de fase 2 que me persiguió por dentro del garaje y con el que aún tengo pesadillas - Tan concentrado estaba en mis pensamientos que no me di cuenta de que apenas eran las 19.00 h y ya estaba llegando a Zaragoza, a lo lejos se veía la Basílica del Pilar (nuestro orgullo maño) envuelta en una tétrica neblizna, seguramente producida por la evaporación del río Ebro debido a las altísimas temperaturas que registra Zaragoza en agosto. En fin, el panorama era desolador, no sé por qué, pensé en ir a ponerle velas a la virgen para que me protegiese, yo no creo que en estas cosas, pero llegados a este punto... además, seguramente la pobre *Pilarica estaría custodiada por un sacerdote zombi deseoso de darme la comunión a su manera.

Cuando atravesando la carretera llegué al barrio Actur, detuve el coche para analizar un poco la situación. Miré en todas las direcciones y no vi nada, pero decidí ir con cautela, si me apareciese una de esas cosas y perdiera mi coche, me sería imposible escapar en esas gigantes y desoladas calles, en las que es casi imposible darle esquinazo a un voraz depredador. El problema añadido era que el Actur es un barrio muy grande y por tanto con muchos zombis en potencia. Tenía dos posibles caminos para llegar al punto seguro, por la avenida Ranillas en la rivera del Ebro o por la avenida María Zambrano, con la calle Ruiz Picaso pasando por los centros comerciales Gran Casa y Carrefour. Aún no sé cómo coño me salió el lado friki y decidí pasar cerca de los centros comerciales, me imagino que algo en mi interior quería ver si era como en la peli "El amanecer de los muertos" o como en el videojuego "Dead Rising", porque de los dos caminos, el más correcto era el de la rivera, pero en fin, tenía que verlo, tenía que ver un puto centro comercial plagado de zombis.

A veces creo que no pienso las cosas... cuando estaba con el coche encarado hacia el centro comercial Gran Casa, me pareció oír a lo lejos un murmullo, pero pese a todo, acallé a mi adormecido instinto de supervivencia y seguí mi camino. Lo que a continuación vi me hizo caer de nuevo en la realidad. Cientos, ¡qué coño! miles de zombis entraban y salían por las puertas (rotas) del centro comercial Gran Casa (lo de "Gran" sin duda era por algo), ¡joder! puto consumismo, los zombis guardaban recuerdos de su actividad consumista y se agolpaban a miles en el centro comercial. Según observaba embobado el dantesco panorama, como si la cosa no fuera conmigo, iba dejando Gran Casa a la izquierda, hasta que un fuerte ladrido de Gara me quitó el embobamiento y me hizo dar un fuerte frenazo. En mis putas narices estaba plantado un zombi, lamentablemente no me dio tiempo a frenar, haciendo que el coche lo lanzase varios metros por delante nuestro y que la pobre Gara se estampase contra el incipiente airbag que cegaba mi horrible situación. 

Esos miles de zombis consumistas se daban la alerta los unos a los otros y se dirigían a mi encuentro... ¡Algunos venían corriendo! Ni en la peor de mis pesadillas podría haber imaginado nada igual. Los debía tener a unos 300 metros. El León ya no arrancaba, mi fiel compañero de viaje jadeaba como un anciano al girar la llave. 200 metros y el zombi que había atropellado se estaba reincorporando. Gara estaba atontada por el golpe. Por vez primera, supe lo que era el verdadero terror, por mí mente pasaban esas escenas de películas protagonizadas por Bruce Willis, Swarzeneger o Mel Gibson, en las que sabían en todo momento cómo actuar en las peores situaciones sin mostrar pánico en su rostro... ¡Y una mierda estarían así en una situación como ésta! El pánico te bloquea e incluso te hace huír dejando atrás a tus seres queridos, el instinto de supervivencia es a veces muy cobarde, pero eso es ser humano. Mi instinto como decía antes, debía estar dormido porque mi cuerpo estaba bloqueado por el terror. 100 metros, ¡Dios mío! No sabía qué hacer... 

De pensarlo se me ponen los pelos de punta, es tarde y necesito descansar, en cuanto pueda sigo contando mi dantesca historia.

*Una forma cariñosa de llamar a la virgen del Pilar en Zaragoza.

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